domingo 26 mayo 2024

Diarios de cuarentena, el Covid-19 nos mostró el valor del tiempo

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Día 5 – Cuando pase todo esto voy a tomar vacaciones de mí mismo. Está decidido. No sé adónde pero no importa, solo quiero tomar un poco de distancia de aquél hombre que era AC (Antes del Coronavirus).

Descubrí que era cierto eso de que no había que dejar para mañana lo que tenía que hacer hoy, que los placeres, al igual que las solidaridades, se reciben y se entregan con discreción y sin demora, y que el tiempo que tenemos es mucho más que una convención, es la contracara de la vida.

Así que cuando salga del entresueño en que estoy sumido a raíz del confinamiento, tendré que administrar tiempo y vida con otros criterios. Talvez convenga crear un nuevo orden de prioridades, una suerte de refundación personal, como para empezar por algo sencillo.

En vez de obstinarme con escalar montañas, resultaría bastante práctico subir escaleras de a un peldaño, a la medida de mi pie. Será una tarea estimulante volver a elegir con quien reinventarse, desde lo más cercano, los afectos, hasta lo más distante, el ancho mundo. Que ya no es tan ancho, como parece demostrarlo un pequeño virus.

Mientras preparo el equipaje este baile continúa y ya que no puedo retirarme hasta nuevo aviso, bailaré. Y no solo porque nadie me quitará lo bailado, lo que ya sería un motivo suficiente, sino porque voy a elegir con tiempo la melodía, con quien, como y cuando hacerlo.

Ahí ya encontré un nuevo derecho humano, el de bailar. Y como a todo derecho le corresponde una obligación, tendré que comprometerme, entre otras cosas, a bailar con los demás, compartir sus ritmos y gustos musicales. En una de esas el baile se convierte en el nuevo lenguaje DC (Después del coronavirus).

Se siguen apilando tantos infectados como preguntas. De golpe nos encontramos leyendo opiniones provenientes de múltiples disciplinas y lo que se enuncia como certeza a la mañana se torna objetable o insostenible al caer el día. Los que recién nos introducimos en temáticas desconocidas nos sometemos sin remedio a un tsunami de información para la que no disponemos de otra cosa que de nuestro subestimado y nunca bien ponderado sentido común.

Cualquier transeúnte se siente en condiciones de opinar sobre Derecho Internacional o sobre la Ley de Medios y uno respira hondo, cuenta hasta mil y lo tolera, pero el tipo ahora te surte con profundas reflexiones sobre sanitarismo, epidemiología y el achatamiento de la curva de contagios. Es demasiado como para mantener la cordura a salvo.

Prefiero escuchar a dos vecinas que hoy a la siesta charlaban a los gritos, calle de por medio, sobre asuntos más comprensibles. Su foco estaba puesto en cuestiones concretas, como transcurrían sus días, la decepción de limpiar sobre lo limpio, que la hija menos mal que está con ella y no con el padre, que mi marido es inmunosuprimido y tengo que desinfectar hasta lo indecible y este perro que por lo menos me da la posibilidad de caminar un poco. Mis vecinas somos todos?

De todos modos nadie sabe cómo termina esta mala película, sin dudas, de terror.
CCrp.

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