viernes 23 octubre 2020

Visible/invisible: la Argentina y el juego de blanco sobre negro

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Por Eleonora Jaureguiberry
La UNESCO declaró el 23 de agosto “Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y de su Abolición”, en conmemoración del aniversario de la insurrección de 1791 de hombres y mujeres sometidos a la esclavitud en Haití. Esta declaración pretende ser universal y de algún modo lo es, ya que el horror es uno aunque las formas que éste adquiere no lo sean. Veamos cuál es su particular configuración entre nosotros.

Los primeros esclavizados africanos llegaron al Río de la Plata con Juan de Garay. Entre 1777 y 1812 más de 70.000 esclavizados provenientes en su mayoría del área bantú, correspondiente a los actuales países de Angola, Mozambique y ambos Congo, fueron desembarcados en el puerto de Montevideo, el único autorizado. Venían vía Brasil o directamente de África.

Comerciantes portugueses, ingleses y franceses los cargaban en barcos para venderlos como mano de obra esclava en América. Viajaban en condiciones infrahumanas; se calcula que un 30 % de ellos murió en la travesía. A su llegada eran depositados en barracas para luego ser rematados en mercados negreros. En Buenos Aires había tres: dos en las actuales Plaza San Martín y Parque Lezama, y uno en la Aduana Vieja de Belgrano y Balcarce. Los edificios se conocían con el eufemismo de Compañías y eran los más grandes de la ciudad.

Se calcula que al final del período colonial los esclavos constituían el 33% de la población de Buenos Aires. La Asamblea del Año XIII estableció la libertad de vientres para todos los hijos de esclavos nacidos desde entonces; la Constitución de 1853 abolió la esclavitud. En Buenos Aires hubo que esperar a 1861, año en que se unió a la Confederación Argentina, para que entrara en vigencia.

¿Qué pasó con los negros que ya no se ven?, es la pregunta del sentido común. En contraste con otros países de América, en Argentina los negros desaparecieron de los censos, de la iconografía, de las calles y del discurso. Algunas explicaciones ensayan medias verdades, del tipo de que murieron en las guerras de independencia o en las epidemias de fiebre amarilla, o que la pobreza y la negativa de ellos mismos a reproducirse los fueron haciendo desaparecer.

La realidad es más compleja. Es cierto que lucharon en las guerras de la independencia. Algunos fueron enviados por sus dueños en cumplimiento de sus “deberes ciudadanos”; otros lo hicieron movidos por la promesa de liberación en caso de sobrevivir. Hay testimonios veraces de que demostraron valor en la batalla y compromiso con la causa; muchos de ellos accedieron a puestos de mando que cumplieron con probidad. De este y de muchos otros modos, los africanos traídos por la fuerza y sus descendientes fueron incorporándose a la vida civil de la nueva nación.

Este proceso de asimilación tiene muchas aristas: por un lado, el mestizaje. Las mujeres, con los señores de las casas. Los varones, con las indias y en el campo. Se calcula además que un 10% de los africanos y sus descendientes eran para 1860 “negro-usted”, esto es, pertenecientes a las clases burguesas, y, entre ellos, había artistas, músicos y periodistas. Como lo demuestra el estudio reciente del experto en fotografía Carlos Vertanessian sobre fotografías de 1854 de El Camoatí, la Bolsa de Comercio del momento, este grupo de porteños prósperos e influyentes contaba entre sus filas a afrodescendientes.

Luego todo cambió. La Generación del 80 se soñó blanca y europea. Los últimos vestigios de la sociedad colonial y de su lógica de asimilación americana sucumbieron ante un modelo cultural que asociaba la negritud a un disvalor. Los afrodescendientes no habían perdido su cultura ni su identidad africana; sin embargo, estos atributos fueron borrados de la memoria y de la historia, y su legado a la cultura rioplatense fue invisibilizado.

La reproducción de la iconografía independentista sufrió un proceso de blanqueamiento, en el cual las estampas y los retratos paulatinamente se aclaraban y la historia se reescribía a todo vapor. El censo de 1887 atribuyó a los habitantes de origen africano sólo un 2% de la población. Esa sociedad que antes vivía la hibridación como normal, ahora aspiraba a la pureza.

Mediante un proceso de biologización de la desigualdad, se atribuyeron cualidades negativas al color de la piel. A partir de entonces las “cosas de negros” son acciones de baja estofa o de ruindad moral, y cubren con un manto de sospecha todo lo que los negros de carne y hueso practiquen o construyan. Los afrodescendientes se replegaron desde entonces en sí mismos, encriptando sus celebraciones, y se mudaron a los suburbios, expulsados por el proceso de gentrificación de la ciudad. De allí el “ya no se ven”, el “ya no se escuchan”. La historia de sufrimiento y de supervivencia quedó, sin embargo, en la memoria colectiva y es hoy objeto de estudio de la antropología.

En la inauguración de la Feria Arco en Madrid en febrero de 2019, dedicada ese año a Perú, Mario Vargas Llosa describió a su país como la suma de las contribuciones de los pueblos originarios, de los españoles (“que nos trajeron a Roma”), de los esclavizados africanos, y de Oriente. Vargas Llosa contaba como riqueza y felicidad el hecho de que todos forman hoy una sociedad única en su expresión y en sus posibilidades.

Estas asimilaciones no ocurren sin dolor y sin conflicto. Silenciarlas es aún más doloroso, porque le quita a una parte de la población su derecho a ser parte de la historia, y al resto, a conocerla. Quizás sea el momento de bucear en la enorme diversidad que significa ser una nación americana, y apreciar de otro modo la suma de los legados de los que estaban, de los que vinieron y de los que fueron traídos a la fuerza.

Reconocernos diversos nos dará las herramientas para asimilar a los nuevos inmigrantes, y para comprender que de algún modo ocupan el lugar que antes ocuparon nuestros antepasados. Borges lo sintetiza en su Poema Conjetural: “Al fin me encuentro con mi destino sudamericano”. El título del libro: El otro, el mismo. Nunca más oportuno.
Eleonora Jaureguiberry
Socióloga. Gestora Cultural
CC/NB/CC/rp.

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